Miguel Atencia Pérez
 

RECORDANDO A LOS DIFUNTOS

 
Viernes 2 de noviembre de 2018 0 comentarios
 

La muerte de un ser querido resulta siempre dolorosa, aun cuando los creyentes entendamos que esa muerte que, por supuesto nos llegará a todos,
nos llevará a la presencia del Señor, que es camino. Verdad y vida, y que morir es empezar a vivir, recordando las palabras de Jesús en Nazaret: “Yo soy la resurrección y la vida. Por ello el que cree en mí, no morirá para siempre”.
Creemos que los que nos precedieron están en el seno de Dios. Y, sin embargo, pensamos mucho en ellos, rezamos mucho por ellos, y los muertos están presentes en nuestras familias como lo estuvieron en vida.
¿Cómo se explica la devoción que tenemos a los difuntos? Hay dos razones en este proceder nuestro con los difuntos: el amor familiar y el buen corazón de las personas.
La primera, el amor familiar, es evidente. Por lo general, conservamos, un gran apego a la familia. Y es natural que, al llegar este día, sintamos la necesidad de hacer más presentes entre nosotros a los seres queridos que se nos fueron.
La segunda explicación que se da es el buen corazón, que nos hace sentir muy de cerca el dolor de los demás. Y eso nos lleva a pensar que nuestros difuntos están a lo mejor todavía purificándose en ese estado que llamamos purgatorio.
Pero, ¿qué debemos pensar de las penas del purgatorio, de las cuales queremos aliviar a nuestros difuntos? Hemos leído y escuchado cientos de veces: que en la gloria de Dios no puede entrar nada manchado.
¿Y quién no tiene faltas ligeras, apego a las cosas terrenales, amor imperfecto a Dios, mezclado con tanto polvo y tantas salpicaduras de fango que se nos pegan siempre? El purgatorio significa eso; lugar de limpieza. En cierta ocasión escuché a un sacerdote decir en la homilía: Cuando el hombre muere, se halla de ordinario como un pedazo de hierro cubierto de orín, que necesita pasar por el fuego para limpiarse.
¿Y qué podemos hacer nosotros? Pues, mucho. Todos podemos rogar los unos por los otros. Nosotros pedimos por las almas de nuestros seres queridos difuntos, para que se les alivien sus penas y se purifiquen pronto. Y esas almas tan queridas, ruegan también por nosotros, para que el Señor nos llene de sus gracias y bendiciones.
Esto lo hacemos cada vez que asistimos a Misa, y también con todas nuestras plegarias por los difuntos.
Especialmente en este día, con una conmemoración que nos llena el alma de dulces recuerdos, de cariños nunca muertos, de esperanza siempre vivida, de charlas y recuerdos en la sobremesa de casa. ¡¡¡Mientras estén presentes en nuestras vidas, seguirán vivos!!!
Miguel Atencia

 

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