Antonio Baile Rodríguez - Lic. Antropología Social y Cultural
 

De re coquinaria

 
Viernes 2 de marzo de 2018 0 comentarios
 

El admirado Esteben Spielberg en su película “Salvar al soldado Ryan”, entre otras cosas, nos ofrece su versión del desembarco de las tropas aliadas el 6 de junio de 1944. Sin embargo, ésta no fue la primera vez que sus compatriotas visitaban Europa. A principios de aquellos que más tarde conoceríamos como “felices veinte”, los paisanos de Esteban llenaron las ciudades del viejo continente del famoso bar-americano, del charlestón, de las cintas a “lo india”, de los trajes de gusanillo de las mademuaseles, y de los zapatos bicolores de los garsones. De Yunaitestate también nos llegó la cafetería. Ya no teníamos tiempo para “perderlo” plácidamente en las tertulias de los viejos cafés alrededor de unas tazas del dulce o amargo brebaje, pero siempre vital, compañero inseparable de charlas.
Para colmo de malas costumbres, dice Ombuena que está por probar qué fue lo que debilitó el seso a don Quijote, si los atracones de libros de Caballería, o si, como él recela, la dieta tan monótona y desprovista de pescados a que le tuvieron sometido el ama y la sobrina. En las primeras páginas de su libro Cervantes reseña las parvedades gastronómicas que poblaban la mesa del hidalgo, “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos”. Tampoco concibo por qué los héroes de Homero fueron privados de la cocina del mar, desconozco si estas alteraciones del hábito culinario se deben a la ceguera del autor o si por el contrario quiso darnos las claves, con sus banquetes y dietas únicamente de carnes, de la locura de sus actos y de sus sangrientas acciones.
Herodoto de Halicarnaso que viajó por Asia Menor, Persia, Arabia, Egipto y Cirene nos dejó escrito que los egipcios creían que el origen de todas las enfermedades estaba en los alimentos y la cantidad consumida estaba relacionada con la preservación de la salud. Sócrates recomendaba ponderación en la comida y la bebida y, como era un sabio dijo que había que comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. Hipócrates, que era otro sabio, apostaba por las dietas generosas frente a las dietas escasas y sentenció: “que tu alimento sea tu mejor medicamento”. Una buena elección de alimentos era fundamental para una vida sana matizaba Galeno y Gaius Apicius escribio en el siglo I el primer libro de cocina del mundo occidental: “De re coquinaria”, que da título a este artículo. Muchos siglos después George Hebert aseveró: “quienquiera que haya sido el padre de la enfermedad, una mala dieta fue la madre” y sir Francis Bacon sostenía que la medicina curaba las enfermedades pero que sólo una dieta adecuada prolongaba la vida.
Hoy, nuestros hijos, al igual que don Quijote, o Héctor, o Aquiles, están prescindiendo de la cocina mediterránea, en beneficio de la nueva moda americana; por eso tal vez no se les debilite el seso como al hidalgo, o no se sientan enloquecer como Ulises por el canto de las sirenas, pero sí que van a perder el “savoir faire”. Nuestros hijos y su mala costumbre de beber colas sintéticas, aquellas que inventó en 1886 el farmacéutico norteamericano John Pemberton, y cerveza en litronas; y de comer ese tipo de bocadillos que patentó en 1762 John Montagne. cuarto conde de Sándwich, o hamburguesas que en la India venden sin carne de buey para no ofender a los hinduistas que consideran a la vaca animal sagrado; nunca experimentarán los placeres que siente Wiesenthal, que cuando bebe un buen Chardonnay se acuerda también “de una princesa rumana -bellísima, vestida de raso esmeralda y perlas blancas- que se sentaba junto a su mesa en el vagón restaurant del Orient Express, bebiendo vinos blancos y ofreciéndole a su caniche escalopines al Marsala”.
La malnutrición no está limitada a los paises pobres, la nutrición insuficiente o desequilibrada también plantea problemas en los países industrializados por consumo exagerado y elección de alimentos inadecuados. Hay que concienciar a la población de la importancia que tiene la alimentación para la salud y si no que se lo pregunten a Francisco I al que su amigo Solimán el Magnífico remitió los primeros yogures que se consumieron en Europa para curarle de sus males intestinales. Incluso, en los primeros meses de un recien nacido son cada vez más los que son alimentados con lactancia artificial frente a la lactancia materna que el niño toma succionando de las tetas de su madre en tomas de composición variable en el tiempo e incluso durante una misma toma que aporta los nutrientes precisos y en cantidades adecuadas, que le protege frente a las infecciones y enfermedades alérgicas, que favorece aspectos psicológicos de refuerzo afectivo.
Queridos hijos, dejaos aconsejar; menos perritos y más platos de cuchara, ir a conocer el fascinante mundo de los placeres del paladar con unas ingestas equilibras y variadas. En caso contrario, de no prosperar esta reivindicación sólo me queda decir, como Gonzalo el protagonista de la serie “Truhanes”, en tono de rabieta, con los ojos suficientemente expresivos, apretando los dientes, sin herir susceptibilidades y singularizando, un “me cago en la leche”.

 

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